Las fiestas acá en estos nortes no son lo mismo que antes.
Si tenés diez años y vivís en este hemisferio norte donde yo
vivo, las fiestas son un fiasco, un despropósito y un garrón.
Es que en esta época, salís para un receso escolar de 15
míseros días y ahí nomás se viene Navidad y año nuevo. El día es cortito, hace
frescor y los árboles están mustios. Lo peor de todo es que se terminó la
escuela hace unos pocos días y sabés que volvés, en poco tiempo volvés.
Digo yo, ¿podría estar pensando en las fiestas cuando tengo
que estar metido entre paredes con frío y árboles pelados en el oscurantismo de
días que se terminan a las cinco de la tarde? ¿Se le puede llamar “fiestas”
cuando el vecino está metido adentro con las ventanas cerradas y no le podés
gritar tus deseos de felicidad? ¿Me voy a aguantar la ansiedad de pensar que
los regalos los voy disfrutar solamente por unos pocos días y después de eso,
solamente los fines de semana?
No, este evento no es digno de vacaciones efímeras y
pasajeras en mitad del año escolar. Estrenás año flamante y ahí nomás,
ipso-facto,ya tenés que volver a la escuela. Y volvés al mismo grado, con la
misma maestra y los mismos compañeros, como si nada hubiera cambiado. ¿Cómo
puede ser que el año tiene número futurista y uno sigue en la misma aula?
¡Impensable!, una porquería de cambio.
Cuando yo era chico, allá en el sur del mundo, la cosa era
muy distinta.
La primavera estaba en su esplendor y llegaba diciembre,¿no?
Los días largos, las flores y el calorcito de ventanas abiertas coincidían con
un sentimiento muy anhelado: se terminan las clases. El verano ya se sentía por
todos lados y todos andábamos de ánimos alegres. Uno se despedía con una
“¡hasta el año que viene!” y se le agregaban otros deseos llenos de ánimo tipo:
“¡feliz año nuevo!” y ¡feliz navidad!”, pura euforia.
Unos días más y empezaba la joda. Llegaban los abuelos y los tíos para
organizar comidas de ventanas abiertas y músicas estridentes con grandes
expectativas para los próximos tiempos. Pasaba el año nuevo y se venía una
extensión de tiempo largo y maravilloso en que uno se iba a algún lado, a la
playa por ejemplo, y todavía era tanto lo que quedaba de vacaciones que el
regreso a la escuela se sentía muy distante, faltaba tanto pero tanto que ni
pensar. Los regalos de navidad eran para disfrutarlos todos los días, no
solamente los fines de semana. Para cuando llegaba el momento de empezar la escuela,
el año ya tenía un número distinto y nos habíamos abastecido de suculentas
historias para contar
El cambio de año era un verdadero acontecimiento, llegaba
con fiestas y nos podíamos quedar levantados hasta muy tarde porque la luz del
día duraba como hasta las nueve o más. Un grado escolar había pasado para
siempre y se venían esas expectativas de maestra o compañeros nuevos. Esos
meses que faltaban, vistos desde en diciembre, parecían interminables. Un
verdadero año nuevo con su correspondiente cambio: había terminado el ciclo
anterior y lo recibíamos con la luminosa algarabía de las largas vacaciones. El
próximo ciclo no llegaría sino hasta dentro de mucho tiempo.