LA VUELTA

Vuelo al norte
Cuando me metí en la autopista hacia Ezeiza, la cantidad de vehículos me sobresaltó. Estuvo congestionado por unos minutos y después, todo bien, rápida la circulación. Llegué a Ezeiza muy temprano, no hice cola para el check-in y hasta me tomé un Gancia en el muy mal atendido bar del primer piso. Lo tomé como alegre experiencia folklórica de despedida. Y me dirigí a pagar el diezmo menemista (con perdón) a los concesionarios feudales del aeropuerto. Cincuenta dinares rioplatenses.
El avión estuvo en la manga como 45’. Se veían aviones que salían y el nuestro no. Chileno, brasilero y quien sabe que otros salían. El de Continental y el mío, de Delta, esperaron un rato largo. Y a mí, mirando por la ventanilla, se me ocurrió que debe ser por lo que la empresa americana (tan concentrada siempre en la seguridad) optó por hacer en respuesta al asunto éste de la seguridad aeroportuaria tan de actualidad en Ezeiza… El piloto explicó por altoparlantes que se debía a que había muchos aviones en la fila para despegar. Claro, como van a decir que no quieren salir hasta asegurarse que no hay tráfico intenso y que no van a haber choques en los aires argentinos.
El vuelo, bien, la verdad que dormí mucho y me pude hacer de una salida de emergencia, llamada también, “emergency exit”. En estas filas que dan solamente a quienes aparecen aptos para moverse en casos de emergencias a la inspección visual de los representantes de la empresa, hay mucho espacio para piernas largas como las mías. Dos asientos para mí solito. Un lujo asiático.
No me imaginaba lo que sería cuando llegara a Atlanta.