ya en Seattle




Mi mochila no pasaba dando vueltas en la cinta. Claro, como la mandé justo sobre la hora, habrá quedado ahí, en Atlanta. Eso me permitió tomar el colectivo 194 que va expreso al centro. Ahí aproveché el día tan lindo de primavera y me di una vueltita por el centro. Una vez más, los contrastes me atacaron. No pude evitar comparar los entornos. Buenos Aires y Seattle. Claro que no hay comparación. Pero tengan consideración con este argentino que cambia de realidades y siente el cambio en una especie de análisis sociológico que ni llega a ser amateur. No hay nada que hacer, a este lugar con sus torres y sus perfecciones primer mundistas, sus amables pero mecánicas sonrisas y su orden, le falta ángel. Al menos, claro para el que conoce tan bien los dos lugares. La gente espera que cambie el semáforo aún cuando no viene auto alguno, el colectivo te espera con paciencia, la gente que se acerca tranquilamente a la puerta, cada auto rigurosamente en su carril y la gente que camina por la derecha.
La llegada a mi cuevita fue de lo mejor. Después de la agitación de Buenos Aires, me vino bien un poco de paz. Claro que en unos días más se convierte en “demasiada paz” para pasar a ser “aburrido” un poco más adelante. Pero, por ahora, todo bien.
No me puedo afeitar, la afeitadora quedó en la mochila. Ya recibí trabajo, tengo una traducción para hacer, para el lunes. El clima de lo mejor, unos veinte grados que sumado a las flores que hay siempre en esta época en Seattle y el sol abundante. Esta tarde saldré a andar en bici.
Prendo la tele, se parece un poco, pero en inglés. Se habla de “American Idol” o de otras noticias importantes que no son más que lo que pasa en sus propios programas de TV. El noticiero local cuenta como en un barrio que nunca pasa nada, un adolescente bueno y callado, enloqueció y baleó a su vecino. Como baleó a uno solo, no sale en tanta noticia internacional, supongo.