MÉRIDA

M É R I D A

Durante nuestras investigaciones, América estuvo siempre muy atenta a cuáles eran los mejores hoteles en los lugares donde posiblemente nos íbamos a quedar. Es que a ella le encantan los hotelitos lindos. No necesariamente espectaculares o lujosos, pero sí que tengan encanto. No importa realmente que lo único que uno haga en el hospedaje sea bañarse y dormir, igual tiene que ser un lugar que la inspire a decir, con esa vocecita tan dulce "¡Javi, qué lindoooo! Por eso, ni bien llegamos a Mérida enfilamos bajo su precisa dirección hacia un hotel que mostraba lindas fotos en Internet; la Casa Mexilio. Una antigua casona sacada del estado de abandono en que habrá estado por varios años por un yanqui del estado de Georgia que vivía por esa parte de México ya hacía unos 30 años, según nos contó en nuestra conversación durante el desayuno. No se puede negar que el tipo hizo muy buen trabajo y el hotelito, de solamente nueve habitaciones, tenía muchísima personalidad y encanto. A América le encantó y tal fue así que a nuestro regreso, pasamos una noche más en Mérida en otra habitación de este mismo hotel. No solamente eran muy lindas las habitaciones, también estaba la situación privilegiada del desayuno que te ofrecían –muy bien atendido- en el patio muy verde de otra casona, ubicada justo al otro lado de la calle donde supongo que vivía el dueño.

Nuestra primera noche, recién llegados y después de instalarnos en el cuarto, decidimos salir a dar una vuelta por el centro y al bajar a la recepción, nos encontramos con un personaje de ese hotel que seguramente no se le ha pasado por alto a la mayoría de los huéspedes. En nuestra breve conversación, antes de salir a caminar las calles de Mérida, quedó claro que si bien tenía acento yucateco, el tipo además de levemente amanerado tenía una forma muy particular de hablar. Me llamó la atención que no fuera tan amable como la gran mayoría de la gente con que nos encontramos, especialmente considerando que éramos huéspedes en ese hotel. Mientras conversamos brevemente, América le preguntó si era el dueño. El señor, con su voz de cadencia y tono tan particulares, le respondió que "más o menos". En otro momento, noté que entré los muchos cuadros, fotos antiguas y objetos típicos de la región, había un retrato colgado en la pared de alguien que se le parecía mucho. Lo comenté y nos dijo que "ese soy yo de muchacho". Si nos dijo su nombre, me lo olvidé, pero sin duda que nos acordamos de él. A partir de esas observaciones y de otras, desarrollé la siguiente teoría: el señor yanqui, de unos 60 y pico de edad, y este señor yucateco, un poco más joven, son pareja y viven juntos. Cuando le preguntan si es dueño del hotel, él contesta "más o menos", porque no puede decir lo que diría una mujer mexicana en esa misma situación; "soy la mujer del dueño”.
Caminamos, eufóricos, las calles del centro de Mérida, le dimos la vuelta a la plaza, nos metimos a mirar en algún hotel o restorán y terminamos sentándonos en una mesa puesta en una de las calles al costado de la plaza que convertían en peatonal los fines de semana. Conocimos al dueño, un uruguayo que, al escucharlo pensé que era argentino.A la mañana siguiente emprendimos nuestro segundo día de viaje después de caminar un poco más por las callecitas de Mérida y visitar una avenida llamada "Paseo Montejo" donde las épocas de abundancia de Yucatán dejaron elegantes edificios repletos de estilo francés.

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