Las amigas de América que viven en la
zona y no quieren molestarla pero sí ayudarla; se han organizado para distintas
tareas. Algunas, han tomado las riendas alimenticias y cocinan para nosotros. Hoy
alguien dejó una conservadora de telgopor en la puerta del departamento y, como
si fuéramos monjas de clausura, salí a recogerla y cerré la puerta. Al mejor
estilo espía de la guerra fría, se acercan con su bolsita llena de tupper wares
y dejan su encargo en la caja blanca.
América me explica: “no quieren molestar”.
Una nueva y fresca camada de abominables mounstruos
de la tristeza han atacado esta mañana y esta tarde. Esperan a que lleguen los
demonios de las náuseas, los del dolor y las molestias, para apersonarse y
coparnos. Traen acompañamiento de desesperación y angustia.
No puedo evitarlo: me acuerdo de esas noches frías en las rutas
argentinas cuando adolescente, cansado y desesperanzado después de varias horas
esperando con mi mochila azul, ya no soñaba con un cómodo Renault 12 sino que
me conformaba con un camión, aunque sea viejo y lento, que me lleve y me alivie
del cansancio, del tedio y del gélido aire de la madrugada en la Pampa Húmeda. Eran
momentos difíciles porque yo sabía que el momento en que llegaría a mi destino
en las rutas argentinas existía, pero había que esperar que llegue el auto que pare
y que me lleve. Yo sabía que era fuerte y que podía hacerle frente a eso y
mucho más, una noche fría parado en algún cruce mal iluminado no me iba a
vencer. Hoy recuerdo esos viajes con escasísimos pesos en el bolsillo y sé que
siempre hubo quien me llevara.
Como aquellas tantas veces que cansado,
hacía dedo en las rutas de la adolescencia, hoy me encuentro en otro cruce mal
iluminado y sé que no solamente lo puedo aguantar, también tengo la certeza de
que tarde o temprano llegaremos a ese destino propuesto. En este caso, como
aquella noche abajo de un puente en las afueras de San Nicolás, hay que tratar
de encontrar la mejor manera de esperar que pase el vendaval. Porque tarde o temprano
sale el sol y, eventualmente, alguien para.
Es domingo y América se ve atacada por esos mounstruos
que la cansan muchísimo, le chupan la energía y, encima, no la dejan dormir pensando
en sus nenas, en el dolor y preguntándose si alguna vez volverá a ser la misma.
Yo le repito, que hay que esperar, que ya llegará y le cuento que me la puedo imaginar
hablando, contando esta misma historia, de la que ella es la principal
protagonista. Incansablemente, en cada happy hour y en cada fiesta sin que nadie
se anime a decirle que ya se la escucharon varias veces.
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