Juventud en la ENA de Bell Ville

Disc jokey patriótico

Corría la primera mitad de la década de los 80, yo era alumno de la Escuela Nacional de Agricultura de Bell Ville. Un día, se acercaba el momento de un acto patrio y la regente Emma Tribuzio se acercó a preguntar quién se ofrecía para encargarse de la música. Inmediatamente pegué un salto para aceptar la tarea y me erigí en el discshókey oficial.

La tarea consistía en permanecer en la oficina de la Regencia para operar el wincofón colocando la púa exactamente en el lugar indicado para que sonaran las estrofas del Himno Nacional y de los demás cantos patrios que acompañaban aquellas ceremonias solemnes y protocolares. A partir de entonces, cada vez que sabía que se aproximaba un acto, me presentaba en la oficina para recordarle a la señorita regente que yo era el encargado de la música.

La recompensa era invaluable: mientras mis compañeros tenían que estar parados inmóviles en formación durante todo el acto, yo disfrutaba del privilegio de quedarme en la regencia, junto al tocadiscos, cumpliendo muy feliz mi cómoda pero importante misión patriótica


Todos a la Enfermería 

No estoy seguro de que hubiera una razón concreta, pero una mañana en la ENA nos despertamos y decidimos declararnos enfermos. Cuando un alumno interno se declaraba en calidad de enfermo debía proceder a trasladarse al cuarto destinado como enfermería, que para nosotros ese año, estaba pegado, justo al lado de nuestro dormitorio. La mayoría nos plegamos al movimiento —unos pocos encontraron alguna excusa para no sumarse— y comenzamos a trasladar colchones y camas al cuarto contiguo, el que hacía las veces de enfermería.

Alguien le avisó a Savoretti, que vino a ver qué estaba pasando y anunció, algo desconcertado, que el médico llegaría un rato más tarde. Entonces apareció uno de nuestros compañeros externos que vivía en Bell Ville, para contemplar el espectáculo que bien puede haber constituido un récord en la historia de la escuela. Éramos unos diez alumnos que habíamos llenado la enfermería de colchones y camas donde yacíamos bastante divertidos.

El compañero externo se asomó para observar la escena más de cerca y Savoretti le dijo en tono de alarma algo que nunca olvidé y que todavía hoy me arranca una sonrisa enorme:

—Tenga cuidado Paredez, es una epidemia ¿no tiene miedo de contagiarse?