Los dos días de París fueron de intensa caminata.
Por primera vez en mi vida, me tomé el bus ese rojo de dos pisos, un tour que hay en muchas ciudades de Europa y de USA, no se porqué en Buenos Aires no. Funciona así: uno paga el pasaje y sirve en el caso de París, para dos días. El bus tiene un recorrido fijo y paradas preestablecidas en cada una de las atracciones. El Arco del Triunfo, Torre Eiffel, Louvre, Notre Dam, etc. Uno se sube en cualquiera de ellas, baja en la que le interese, recorre y vuelve a subir. En Chicago, me acuerdo que el chofer era el guía. En París, te dan auriculares que conectás y seleccionás el idioma, hay muchos. El sonido, un desastre. Fue muy conveniente no solamente porque uno se desplaza de atracción mundialmente famosa a otra y también se ve la ciudad desde cierta altura a pesar del frío que hacía arriba, en la parte descubierta. Se ven mejor los detalles de los edificios, los árboles y el Sena.
El segundo día me levanté más temprano que el primero, inquieto por el hecho de que dormir puedo dormir en cualquier momento, pero caminar por París, no. Una noche me perdí por caminar y caminar por una avenida que se veía de lo más linda. Claro que muñido de los buenos mapas que te dan y mis anteojos de leer de cerca, encontré la estación más cercana de metro enseguida. Esto, supone un desafío importante. Es tan vasta la red de trenes metropolitanos de París, que encontrar la estación y la línea donde uno está además de aquella a la que se quiere dirigir demanda tiempo y esfuerzo. Con un buen mapa (todos los lugares donde anduve en Europa los tienen), sentido de orientación y paciencia para leer nombres que no se pronunciar, se llega lejos.
Y la verdad, me maneje bárbaro en toda Europa con sus mapas. Claro, en suecia y especialmente en Alemania, miraba los letreros con los nombres de las calles y en el tiempo que me llevaba bajar la vista al mapa, ya me lo había olvidado. Lo que hacía era relacionarlo con algo conocido y así buscarla en la letritas tan chiquitas que me tenía que poner los anteojos de leer de cerca, los únicos que tengo. Y, es la edad…
Esos anteojos, como otras dos o tres cosas, desaparecieron en mi viaje en barco. Irónico que esa parte fue la menos agitada, más sedentaria, donde menos distancias me moví en forma de individuo.
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