Ni bien empecé a caminar por las callecitas parisinas, me detuve, miré todo a mí alrededor y me dije: “Parece que estos arquitectos anduvieron por el Río de la Plata, ¿Para qué viajar tanto, irse tan lejos para ver lo mismo que veo desde que soy chico?”, “La verdad, París está lindo, pero tanta copia a Buenos Aires, ya cansa…”
Es que me sentía que estaba, primero en Arroyo, a pasos de Retiro. Otras veces en Avenida de Mayo, en Palermo Chico, en Avenida Quintana, Recoleta. Hasta había veces que alguna esquina parisina me recordaba ciertos cafés cerca de la estación Vicente López. Y me repetía todo esto con tono de turista porteño entre carcajadas y tarareos de música clásica que escuchaba en mi Ipod, en lo que muchos transeúntes habrán interpretado como una política de fronteras demasiado abiertas por las que pasan demasiados turistas dementes. Es que desde que descubrí como se llevan de bien estas caminatas con vistas de edificios renacentistas o góticos con fondo de música de Brahms, Grieg o de Beethoven, me la pasé escuchándolos todo el tiempo.
Este relacionamiento inverso, como le he dado en llamar, me pasó en otros lados también. En Alemania y en Suecia, casi nada. Pero en España y en Francia más. Plazas, esquinas o cafés que me recordaban a Buenos Aires todo el tiempo. Poco habrán imaginado todos aquellos ancestros europeos de que un descendiente, muchas décadas más tarde, tendría esta referencia inversa. Lo que ellos construían recordando su tierra natal, se convirtió en mis recuerdos de familiaridad con un paisaje copiado o recreativo de otras tierras lejanas.
¿Francia o Buenos Aires?
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