Mérida, segunda vez
Pasamos la noche en el hotel Casa Mexilio, en un cuarto distinto pero no menos personal y encantador. Más de una vez comentamos cuánto le gustaría a mi mamá ese hotelito y cuántos comentarios le produciría ver los detalles de los muebles y las cosas en las paredes.
También salimos a tomar nuestra margarita y América aprovechó para recorrer los puestos y comprar más pulseritas para agregar a su amplia colección. Yo me compré mi camisa típica yucateca con la que salgo en varias fotos. Esa noche, que habíamos salido del hotel caminando, nos tomamos un carruaje blanco en elegantísimo regreso recorriendo la noche por las calles de Mérida.
Pagamos la entrada y el estacionamiento, compramos una gorra para la cabeza de América y otra para la mía y se nos acercaron a ofrecernos servicios de guías.
Esto de que se te acerquen a ofrecer servicios o comprar cosas en los lugares turísticos, que en otras partes de Latinoamérica puede volverse insoportable, en México no lo es. Creo que mi primera experiencia fue en Mazatlán cuando estando en la playa se me acercaron los primeros vendedores de artesanías, frutas o jugos. Inmediatamente yo relacioné la situación con los recuerdos que tenía de Colombia, Venezuela o Brasil, donde los vendedores o los mendigos insisten, algunas veces, hasta el hartazgo. En México no. Grata sorpresa me llevé cuando le dije que no a un vendedor una sola vez y fue suficiente para que se vaya. También me acuerdo en las reposeras sobre la playa del hotel de Puerto Vallarta, los vendedores se acercaban a ofrecer artesanías sin pasar el cordón sobre la arena que había puesto el hotel. Ese cordóncito no hubiera sido de ninguna manera efectivo, por ejemplo en las playas de Brasil, donde los meseros de los restoranes andaban persiguiendo a los niños que mendigaban de mesa en mesa para echarlos.

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