OTRO MUNDO


LA OTRA VIDA
La vida en uno de estos “all inclusive”, transcurre a un ritmo distinto. Supongo que es eso exactamente lo que los turistas quieren para descansar y desconectarse. Excepto la propina, no es necesario dinero para la comida o bebida. Hay unas tiendas como para comprar recuerdos, artesanías o artículos de perfumería con precios realmente abusivos. También están los que te venden excursiones.

Uno encuentra reposeras abajo de las sombrillas de paja o “palapas”, le pone encima cuantas toallas quiera –hay un mostrador solamente para toallas donde uno va y toma todas las que quiera-, se relaja con la vista del mar y durante el día pasa el mesero al que se le pueden pedir comida y bebidas. El primer día cometí el error de instalarme en una reposera justo al lado de la cancha de vóleibol. Como era temprano la zona estaba muy tranquila. A medida que se fue acercando el mediodía, se iba incrementando el barullo, el batifondo y la música. Lo que pasó fue que estaba justo a la altura de la "alberca de actividades". Nos fuimos

rápidamente hacia otra zona mucho más tranquila, a la altura de lo que se le denomina la piscina tranquila. Estos hoteles tienen gente, creo que conté cuatro o cinco chicos y chicas de veintipocos, que son los "entretenedores". Ponen música, organizan los partidos de vóleibol, dan clases de baile, proponen competencias, de lo más tontitas pero que parecen divertir mucho a los huéspedes que se prenden.

La experiencia de andar por el Dreams, me hizo acordar en muchos momentos a esos días que pasé cruzando el océano Atlántico en ese barcote gigante, el crucero. Comimos generalmente en el bar sobre la playa o en el restorán mexicano que estaba casi al aire libre. Queríamos tratar de aprovechar las opciones que ofrecía el hotel. Además del restorán mexicano y del bar sobre la playa, había un restorán francés, uno italiano, otro asiático y uno de sushi. Una noche fuimos al restorán italiano, un salón de techos altos con arañas, cuadros y grandes cortinados. Se me apareció un interrogante; si estamos en la playa y está lleno de lugares para sentarse cerca del mar, ¿por qué será que la gente se mete bajo techo en un ambiente casi idéntico a cualquier restorán en una ciudad? Irónicamente, lo cierto es que esa noche yo también estaba comiendo metido adentro de un salón en lugar de estar disfrutando de la brisa del mar. En aquellos días, mientras cruzaba el Atlántico en el crucero, me acuerdo que estando en el piso 13, en la piscina, me metía adentro para ir al baño o para llegarme hasta mi habitación a buscar algo. En ese recorrido podía asomarme y mirar unos nueve pisos más abajo, hacia el bar con su piano. Mirando a la gente allá abajo me preguntaba si no tienen miles de oportunidades de estar en un bar junto al piano en un ambiente casi idéntico en la ciudad donde viven.

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