No se por qué, realmente. Algo me dice que es algo de los argentinos y la comida. Tengo que remontarme a los años que han pasado. Es un hecho que crecí en Argentina. La comida y Argentina. Puede ser, sí, puede ser que la cosa esté cambiando. Cambio para bien. Pero el cambio es ahora y yo no estoy, yo cambié con el vaivén de los desplazamientos geográficos. Y es también un hecho que durante mucho tiempo, como un animalito salvaje por el bosque, yo comía para alimentarme. Hoy, ya con los años, esto ha cambiado un poco.
No me pidan que explique por qué, no sé si voy a poder, pero sí puedo contar como se dio esta mano alimenticia.
Me acuerdo de cuando llegué a andar por este país, EUA. En este país, en toda ciudad de cierto tamaño y, por lo general ciudades ubicadas más bien en las costas del mar o de algún lago grandote como el mar, hay infinidad de restaurantes variados, muy variados e internacionales. Las ciudades del centro son mucho más conservadoras. Hace diez años, cuando estaba recién llegado recuerdo clarito un cierto prejuicio alimenticio que no puedo dejar de atribuir a mi condición de argento.
Sí, sí, ya se, ya te dije… la cosa está cambiando. Pero, ¿dónde? Sí, en Palermo Sójo está lleno de restaurantes orientales, indios, mexicanos (con equis, con jota, no) y de otras denominaciones. En Mar Del Plata y en Córdoba, aunque en menor medida, seguro que también. Pero, está el porteño canyengue y el gringo cordobés que si no le servís un bifecito todos los días, protestan, ¿decime si no?
Me acuerdo que tímidamente y con cierto resquemor, me apersoné alguna vez a comer comida india. En Boston fui a un restaurante tai porque mi grupo de turistas eso quería comer. La situación de lo picante era medio decisiva en estas lides porque me costaba mucho. Pero de apoco, fui probando. Estuve en Tailandia y ese fue mi paso decisivo porque tenés que comer picante. Medio que no queda otra. Yo ya había empezado a dar algunos pasos en esa dirección pero me acuerdo de que mi hermano Seba comía un picante que yo no podía. Ahora puedo, jé.
De a poco fui probando comida por acá y por allá. Mi primo, que vive en la capital, Washington DC, decía que su comida favorita es la de la India. Yo lo miraba de costado, desconfiado. Qué curioso, hoy me encanta, pero me encanta, la comida india, fijate.
Recorriendo los pagos
Recorriendo los pagos
En 2005 fui a Buenos Aires y me compré un Peugeot con el que recorrí un poco el país. Paré en muchos pueblos y ciudades, comí en fondas, parrillas y restaurantes finolis de la alta sociedad pampeana o del turismo patagónico. Siempre lo mismo en el menú. Y no es que no me guste, me encanta porque es mi comida, la que uno extraña en tierras alejadas y llenas de extranjeros, pero es así: siempre lo mismo y con mucha carne al plato. ¡Cómo no se nos van a estreñir los visitantes! Es una de las sabias conclusiones que saqué en ese viaje de 12 mil kilómetros por el territorio telúrico, grito aguerrido y gauchesco de mi gente sureña.
Por ejemplo, el jalapeño ha gozado de la representación misma de lo meramente picante. Por alguna razón mi prejuicio alimenticio me indicaba que el jalapeño tenía la propiedad de ser picante y nada más. Hoy puedo decir que me gusta muchísimo el jalapeño. Aprendí a sacarle el picante, si así lo quisiera, y descubrí que tiene un sabor fantástico.
Esta noche de mayo degluto una pasta que también le empecé a prestar atención de repente y ahora tengo muy en cuenta que está en la lista de las comidas que me gustan: el humus. Y tanto mejor si es HUMUS CON AJO.
Dicho sea de paso, me gusta la comida de medio oriente pero sin aceitunas, claro.
► En esta crónica no puedo dejar de hacer la aclaración que también la comida mexicana me gusta mucho.
Dicho sea de paso, me gusta la comida de medio oriente pero sin aceitunas, claro.
► En esta crónica no puedo dejar de hacer la aclaración que también la comida mexicana me gusta mucho.
De fondo, música de Los Estelares que también me gusta.
Se me le extendió, ustedes sabrán disculpar.

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